Asesinos sin clase

  • El último asesinato de género ha llamado la atención por los perfiles de víctima y agresor
  • Empresarios, profesores, médicos o funcionarios también torturan a sus parejas
  • Una violencia que se da en cualquier estrato social con una víctima común: la mujer

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Ana María Márquez, directora del Museo de Nerja asesinada presuntamente por Francisco Martínez, empresario.

El tipo, un empresario poderoso, le soltó a su mujer un par de insultos, se acercó amenazante y le asestó una paliza sin prisa. Marta (nombre falso por su seguridad) se despertó del coma a los nueve días, los que pasó esperándola como una guadaña maldita la lista de asesinadas por el machismo rampante de 2011.

El último asesinato de género (35 muertas en lo que va de año, una más que a estas alturas del pasado) ha llamado algunas atenciones por las características de la víctima y del agresor. Ella, Ana María Márquez, era arqueóloga y directora del Museo de Nerja. Él, Francisco, es un empresario que había dirigido varios bares en el pasado, tiempo en el fue denunciado por su pareja de entonces, y que regentaba hasta hace poco una taberna gastronómica. O sea, alto nivel cultural en ella y poder adquisitivo en él.

“Las víctimas sólo tienen en común una cosa: ser mujer”

Sin embargo, quienes estudian el fenómeno de la violencia machista no se extrañan nada y sostienen que el estrato social, económico y cultural no es un determinante.

Arquitectos, científicos, industriales o periodistas comparten con hombres sin estudios, inmigrantes en apuros y currantes de baja cualificación la violencia sobre sus parejas o ex parejas, tan inmigrantes, trabajadoras temporales y pobres como los segundos y tan biólogas, economistas o informáticas como los primeros. Es decir, víctimas que sólo tienen en común una cosa: ser mujer. Es la violencia de género y su lucha sin clases, el universo del machismo, ese lugar donde los ricos también matan.

Una de las cosas que el doctor García (apellido falso porque el tema está sub judice) solía hacer a su novia cirujana en sus noches de tortura era colocarle a los pies de la cama un estuche de cuchillos. Ella, que ya estaba lo suficientemente golpeada como para no saber huir, le miraba desde el rincón de la alcoba mientras él le preguntaba: “¿Con cuál quieres que te mate, puta?”. El atestado policial de una de sus palizas muestra que Pilar (nombre falso) no se inventaba los moratones ni exageraba la sordera de aquel tímpano reventado por un señor de traje con corbata.

Un repaso por tres centros de rescate y recuperación de víctimas de violencia machista contactado por EL MUNDO confirma que el perfil de los agresores y de las víctimas es, precisamente, la ausencia de perfil.

Frente a la sorpresa que ha causado el último crimen, las responsables de esos dispositivos -en los que se tratan los casos más brutales y con mayor riesgo para las víctimas-, enumeran las profesiones de mujeres que han sido atendidas en los últimos años y de sus agresores. Además de inmigrantes con y sin papeles, paradas, amas de casa o trabajadoras con poca preparación, esos centros han tenido o tienen biólogas, abogadas, médicas, licenciadas en Bellas Artes, catedráticas, profesoras de Universidad, empresarias, artistas, economistas, periodistas, altas funcionarias del Estado, directoras de sucursales bancarias, inspectoras de Hacienda, informáticas, doctoras en Filosofía y expertas en Historia.

Los hombres cuya violencia llevó a esas mujeres hasta allí son empresarios, miembros de las Fuerzas de Seguridad, médicos, profesores universitarios, funcionarios de alto nivel o arquitectos.

Miguel Lorente, forense: “Estos hombres quieren el resultado del homicidio por violencia machista, pero no quieren enfrentarse a sus entornos ni recibir la crítica social por su conducta debido a su estatus e integración”

“Los agresores son los grandes desconocidos. Se tienen referencias del vecindario hablando de lo buenos que son, lo cual facilita el mito que presenta el homicidio como un arrebato o bajo la influencia de tóxicos”. Habla Miguel Lorente, forense y ex delegado del Gobierno contra la Violencia de Género. “Una forma de contribuir a la ocultación de los agresores es el silencio sobre el suicidio tras el homicidio”. Y para sostenerlo, el año pasado presentó en el Congreso de la Academia Americana de Ciencias Forenses un análisis de las 346 sentencias por homicidio en violencia de género entre 2001 y 2010. Aquel rastreo arrojó que el porcentaje de casos no juzgados debido al suicidio del agresor fue el 18.5%.

“Es un porcentaje significativo, que se corresponde con agresores más integrados socialmente y de nivel socio-económico más alto. Es decir, la imagen del agresor más pudiente, además de quedar ocultada por el silencio general, se pierde en la falta de análisis de los suicidios tras los homicidios. Estos hombres quieren el resultado del homicidio por violencia machista, pero no quieren enfrentarse a sus entornos ni recibir la crítica social por su conducta debido a su estatus e integración”.

¿Y ellas? Tampoco se sabe mucho sobre las víctimas, territorio dondesigue faltando la estadística de mujeres heridas prometida hace dos años por el Gobierno y que ayudaría a saber más sobre el alcance real de la violencia de género en España.

No hay perfil

De momento quedan las preguntas. ¿Son más propensas las analfabetas que las catedráticas? ¿Hay una predisposición de clasepara ser víctima y verdugo? “Las mujeres maltratadas no constituyen un grupo de población con características demográficas o psicológicas concretas”, aseguran Miguel Mora y Beatriz Montes, del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén.

La mujer maltratada no responde a un perfil: ni son mujeres de estratos sociales bajos, ni son siempre dependientes económicamente de sus parejas, ni de baja formación y escasa cualificación”, afirma una guía elaborada por la Junta de Andalucía.

Una pregunta habitual entre las personas no expertas en violencia machista es cómo las mujeres han sido capaces de “aguantar”. La psicología especializada explica que la violencia “comienza en fases tempranas de la relación y se convierte en algo crónico. No hay un deterioro brusco que alerte a la mujer. Se irá sintiendo responsable y sometiendo a los deseos de su agresor para no provocar respuestas violentas. Las razones de esa tolerancia son económicas, sociales, familiares. Y psicológicas: minimización del problema, miedo, indefensión o resistencia a reconocer el fracaso de la relación”, señala la Universidad de Jaén citando un trabajo de Echeburúa, Corral, Amor, Sarasua y Zubizarreta.

Y allí estaba aquel día la profesora Rocío (nombre real), presentando ante el claustro el programa que había elaborado sobre igualdad de género, un trabajo que pedía “activar la prevención contra la violencia machista”. Aquel día era octubre de 2008. Un mes después, la profe Rocío fue asesinada.

Rafael J. Álvarez | Madrid

Link a enlace http://www.elmundo.es/espana/2014/08/10/53e66ea422601d7e038b4574.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=facebook

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