«He matado a patadas a mi ex y me he quedado muy a gusto»

  • Raúl Garrido golpeó en la cabeza hasta la muerte a Conchita, de 45 años, en el parking de su casa en Torrelaguna
  • Ella le había denunciado once veces

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La vida de Conchita fue un infierno. Conoció la cobardía machista hace ya demasiados años porque las manos de Raúl, su última pareja y, a la postre, su asesino, no fueron las primeras que le hicieron daño. Su primer amor, con quien tuvo a Sara –hoy una mujercita de 18 años–, ya le pegaba y terminaron separándose. Hace ocho o nueve años conoció a Raúl y las palizas tampoco tardaron mucho en llegar. Aun así, apostó por la relación y tuvieron a Diego, un niño que tiene ahora seis años. Sólo Sara y Diego aportaban algo de luz a su vida porque ya ni siquiera contaba sus penas a nadie. Sus amigas y sus compañeras de trabajo sabían que su ex pareja seguía molestándola pero ella ya no decía nada. Conchita o Conchi, como todos llamaban a Concepción Expósito (45 años) en Torrelaguna, donde vivía, y en Torremocha del Jarama, donde residían sus padres y donde trabajaba en una residencia de ancianos, vivía resignada. Separarse de Raúl no le sirvió, ni mucho menos, para poner el punto final al maltrato. Tampoco denunciarle.

«El Garrulo», como habían apodado en el pueblo a Raúl Garrido González (37 años), ya había entrado en prisión por maltratador pero cada vez que salía perseguía a Conchi. Le constan doce antecedentes por malos tratos, once hacia Conchi y uno hacia otra mujer en El Casar (Guadalajara). Fuentes cercanas a la fallecida aseguran que ella llegó a confesar haber sufrido hasta violaciones por parte de su ex. Aunque continuó denunciándole, en un principio había tolerado el quebrantamiento de la medida de alejamiento que el juez le había impuesto y mantenían algunos encuentros, lo que causó que una de sus mejores amigas dejara de hablarle. Puri, quizás su mejor amiga, lo hizo precisamente para que reaccionara y dejara de verse con él. «Él la buscaba, la engatusaba, iba de víctima. Se jactaba de que hasta la Guardia Civil le creía a él», comentaba ayer.

Hacía meses que había cortado esos encuentros pero sus allegados hablan de dos últimas grandes palizas: en Semana Santa y el pasado verano. «El Garrulo» iba a menudo al colegio de su hijo para verle en los recreos a través de los barrotes y trató de convencer a la profesora del crío para que testificara a su favor en un intento de solicitar la custodia compartida. Un absurdo capricho para hacer daño a la madre de su hijo, sobre quien pregonaba sus intenciones. «Al final la voy a tener que matar», solía decir cuando iba pasado de alcohol y drogas. Ella se acostumbró a vivir atemorizada y a mirar por la ventana antes de bajar a la calle. Sabía que su ex terminaría por matarla. Poco le importaría el destino de Sara, que a sus 18 años ya medio vivía con su novio, ni de su propio hijo, Diego, aún en Educación Infantil. Al niño, del que ayer se hizo cargo una familia cercana, le explicaron que su mamá había muerto en un accidente pero su mente sólo alcanzó a comprenderlo un poco. «¿Quién me va a llevar ahora al cole?», dijo el pequeño, que pidió que le dejaran llamar a sus abuelos para avisarles de lo sucedido; un extremo que los ciudadores declinaron con tacto.

El asesinato de Conchi recuerda en parte al de María Piedad, fallecida a manos de su ex pareja en Boadilla hace casi tres años.

Después de trabajar unos meses en el restaurante Alfolí de la Sal, encontró el trabajo de empleada de la limpieza en la residencia de Torremocha. Los compañeros decidieron celebrar ya el viernes la cena de Navidad. Fueron al restaurante Antigua Casa Patata, adonde ella se unió algo más tarde que el resto, y después fueron a tomar una copa. Sobre las tres de la madrugada Conchita regresaba a su casa. Él había estado toda la tarde bebiendo, según muchos testigos, y ayer iba «hasta arriba de todo». Así debió de conseguir Raúl el valor para matar a la madre de su hijo. La esperó en el parking de la finca, en el número 19 de la calle Longar, hasta donde accedió desde el portal. En cuanto Conchi se bajó del coche él se abalanzó y comenzó a golpearla. Puñetazos y patadas llenos de odio y complejos que no cesaron durante más de media hora. Los golpes en la cabeza la llevaron a la muerte y no hubo nada que hacer por ella. Los vecinos alertaron a los servicios de Emergencias de los gritos y pocos minutos después llamó el propio Raúl. Su llamada fue derivada a la Guardia Civil y les dijo algo así: «He matado a mi ex a base de patadas. No se mueve. Me he quedado muy a gusto. Venid a por mí o en cinco minutos me voy». Cuando la UVI del Summa llegó al lugar los médicos sólo pudieron confirmar la muerte de Conchi, que presentaba traumatismos craneoencefálico y facial severos. Su asesino fue arrestado por los agentes de la Guardia Civil con evidentes signos de embriaguez. «La tenía que matar, me hacía la vida imposible», espetó a los agentes, según Efe. El cuerpo sin vida de Conchi, la décima mujer víctima de malos tratos en la región (la octava fallecida), fue trasladado al tanatorio de Colmenar Viejo. El Ayuntamiento de Torrelaguna se reúne hoy en pleno extraordinario para decretar los días de luto oficial. Los vecinos se concentraron ayer a las 17:00 horas y también lo harán a las 11:30 horas de hoy en señal de duelo.

Otra víctima que sí había denunciado

La lacra de la violencia de género ha golpeado estos días la región. El pasado jueves un hombre de 46 años asestó una puñalada en el cuello a su pareja, de 43, en Collado Villalba y después se lanzó al vacío desde un tercer piso (unos seis metros de altura). La mujer corrió a buscar auxilio a casa de una vecina, desde donde llamaron al 112 y el Summa la trasladó al hospital 12 de Octubre en estado muy grave. Él tuvo que ser intubado y trasladado en estado grave al hospital Puerta de Hierro. La mujer había presentado varias denuncias contra su pareja pero el pasado veranó expiró la medida de alejamiento que tenía. La pareja tenía un hijo de 14 años que estaba en el instituto en el momento del crimen.

Laura L. Álvarez | Madrid

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