Asesinos contumaces

terrorismo machistaEn nuestra actual sociedad se ha llegado a hacer fenómeno común la producción de asesinatos de mujeres a manos de los hombres a los que ellas están ligadas por su convivencia matrimonial –legal o de hecho–, sin que semejante escenario produzca otra reacción que la del silencio público o cuando más, la discreta protesta o acaso la denuncia del hecho con tal meticulosidad en la elección de los términos escogidos para referirlo, que consiguen el efecto de confundir al personal más que a condenar con la contundencia y radicalidad que corresponde a la realidad sarcástica de que la vida de esa multitud de mujeres depende del tiempo que tengan a bien concederles sus verdugos, los mismos que las maltratan y deciden por su voluntad el momento en que dejarán de existir.

Añádase la pasividad timorata con que los voceros responsables de la cosa pública se esmeran en inventar consignas que nunca cumplirán, tales como “tolerancia cero contra la violencia de género”, o articulan leyes específicas efectivas, que luego se torpedean, y a la hora de su aplicación se evaporan, de suerte que la víctima acaba desempeñando en estrados el papel victimario del agresor, al verse teniendo que dar cuenta de los mismos interrogatorios denigrantes que su agresor le había anunciado cruelmente al augurarle: <<nadie te va a creer, dónde te has creído que vas>>, etc.

Las victimas sobrevivientes, las que han logrado resistir y las que ya han dejado de existir, así como las otras víctimas, hijas e hijos menores de edad, exigen que nos dejemos de actitudes farisaicas, y abordemos tanto horror con claridad y valentía, para que las podamos fustigar, poniendo el nombre que propiamente corresponde a tales crímenes y delitos; dejando de lado las manifestaciones pudibundas para que resplandezcan con total nitidez las razones y sinrazones de índole político-social que configuran las estructuras patriarcales, las promueven y consienten.

Indigna hasta extremos insospechados la postura ideológica adoptada por el gobierno en el Congreso al negarse a guardar un minuto de silencio, y a llamar por su nombre en el comunicado a los cuatro asesinatos de mujeres producidos en 48 horas escasas. No hay crímenes ni terrorismos de primera y de segunda clase y lo que nunca se hubiera hecho ante un atentado de ETA se considera apropiado cuando se trata de terrorismo de género.

Agresores sin los mínimos principios del pensamiento racional, hay dos factores que contribuyen principalmente al ejercicio de esta violencia inveterada; en primer lugar la transmisión generacional de la violencia que se origina en plena infancia, alimentada por el ejemplo caótico de referencia: la rigidez de un padre que ejerció ese mismo modelo de patriarcado violento, y seguidamente la complacencia y colaboración de una sociedad desafortunada en la que los roles contrapuestos de la discriminación sexista perduran y funcionan como pieza maestra y fundamento del sistema.

Uno y otro crimen de mujeres se encadenan día a día a manos de sus agresores en esta desdichada sociedad humana en la que el modelo patriarcal se resiste a desaparecer.

Es un fenómeno de “contumacia”; que es como llamamos a la persistencia irracional en el horror doloso. La agresión sistemática del hombre contra la mujer es un afán de dominio, por supuesto, pero no es una señal que denote seguridad y dominio en el sentido psicológico por parte del que agrede. Por el contrario, como producto que es de la reacción visceral más primitiva de los animales, la agresión brutal es un signo de su debilidad y su falta de racionalidad.

El estudio de la psicología animal selvática lo puso muy claro. En el enfrentamiento entre las especies, el cuadrúpedo, antes de asestar el golpe cruento, se alza en actitud rampante y el cuerpo erguido para causar en el atacado la sensación de su “superioridad”: instante psicológicamente preciso para desencadenar el bloqueo de la víctima y la mayor eficacia del ataque. Incluso entre los perros amaestrados como guardianes de fincas y viviendas en nuestras ciudades, se demuestra que el ladrido escandaloso que nuestro paso junto a la valla protectora de la propiedad despierta entre los perros de la vecindad (por ejemplo, en una colonia urbanizada), se debe a la incertidumbre y falta de dominio psíquico del animal irracional.

Trasladado el asunto a la psicología humana, la explicación se reduce a comprender que el asesino de mujeres no las agrede como consecuencia de su superioridad y su dominio, sino al contrario, como recurso extremo para compensar su inseguridad frente al poder que pretende ostentar y su falta de capacidad para encauzar racionalmente la situación de ordeno y mando conforme a sus deseos. La agresión del varón contra la mujer no es pues, una demostración de su “fortaleza” varonil frente a la situación adversa a la que se encara –como con frecuencia suele interpretarse–, sino de su “inseguridad” y su ausencia de dominio racional para respetar como una igual a la mujer.

En la dinámica evolutiva de las especies, la agresión depredadora es propia de las inteligencias en su grado menor de desarrollo, y en el plano humano racional indica un órgano cerebral en estado mentecato. Esto es lo que ocurre con el género masculino como destructor de la mujer: lejos de denotar superioridad, delata la carencia de racionalidad. Cuando faltan las razones se pasa al insulto, y, emprendida la senda de la irracionalidad se acaba en el golpe mortal.

Eso es algo que se nota incluso en los debates cara al público, ahora tan de actualidad sobre la materia. Cuando el varón en turno de palabra hace uso de ella para polemizar, le resulta difícil deslindar del insulto y la descalificación el campo estricto de su argumentación. De tal forma han hecho cuerpo el fantasma depredador y la ausencia del discurso racional.

En resumen: la actual Humanidad –de otras precedentes no hablamos– vino a desarrollarse desde sus comienzos bajo el falso principio del desequilibrio y la discriminación por razón del sexo; y mientras no rectifique y abjure de tan pernicioso proceder estará abocada al fracaso de la dictadura sexista.

Mientras el sistema no encaje el principio de la igualdad como pieza esencial en el engranaje del orden social la violencia sexista perdurará como fórmula ideológica segura para el sostenimiento del poder androcéntrico base y fundamento de todas las discriminaciones.

Ana María Pérez del Campo | Mujer y Justicia

Ana Mª Pérez del Campo Noriega es presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas y vocal del Observatorio Estatal contra la Violencia de Género

Link a enlace http://www.elplural.com/2013/05/28/asesinos-contumaces/

A través de KRAV MAGA Valladolid Estideva.

 

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