Yo he venido a aquí a hablar de feminismo

Demasiadas veces se hace patente que el feminismo no está bien entendido, se podría decir que esto se ve en un 90% de las críticas que se le hacen. El 10% restante de las críticas al feminismo son debates en clave teórica dentro del mismo. Y no creais que dentro del feminismo hay poco debate, al contrario, la dialéctica es constante y muy enriquecedora, lo que pasa es que la presión que éste recibe desde fuera es enorme. Me centraré en esas críticas que se le hacen desde fuera, asumamos que el debate interno trata, básicamente, de cómo llegar a la igualdad y qué significa igualdad plena (si la diferencia genera desigualdad o hasta qué punto los roles de género son plenamente sociales, por ejemplo).

En primer lugar distinguiré a sus detractores en dos tipos: los políticamente correctos y los que directamente equiparan feminismo con machismo. Ambos recurren a la neolengua, así que agarraos fuerte.

Los políticamente correctos son ese perfil de gente que distingue entre el buen feminismo y el mal feminismo, esa gente que, sin interesarse lo más mínimo por el complejo y, si se quiere, contradictorio discurso feminista, se limita a hacer juicios de valor sobre los pocos imputs que le llega (porque normalmente no se acerca al discurso, le llega). Esta gente es muy peculiar, sus esfuerzos por desprestigiar ideas sin parecer que desprecia el trasfondo del feminismo son titánicos y, la mayor parte de las veces, estériles. Es ese tipo de persona, hombre o mujer, que diferencia entre feminismo y hembrismo: en efecto, presuponen que el hembrismo existe, empezamos fuerte. El hembrismo sería ese sistema matriarcal en el que el hombre tendría doble jornada laboral, techo de cristal, cobraría menos que la mujer por el mismo trabajo, habría una división sexual del trabajo de la que él saldría perjudicado, se vería condenado a la esfera privada, tendría mucha menos libertad sexual, sería juzgado constantemente por su físico (para bien o para mal), sería educado en la idea de aguantar, mediar, adaptarse, depender románticamente, servir, estar detrás de… Y, sobre todo, en la idea de no liderar ni disidir. Habéis intuido bien: el hembrismo no existe ni ha existido jamás, la acuñación del término sólo busca deslegitimar el feminismo haciendo ver que se habla de una parte, como quien distingue entre los vascos de bien y los otros, asociando constantemente, aunque sea a modo de excepción, la palabra vasco a algo negativo.

Este tipo de feminista con peros me resulta especialmente ofensivo por sus incoherencias, tales como que critique la supeditación de la mujer en el heteropatriarcado a la vez que dicte qué feminismo deben llevar a cabo las mujeres feministas. Sus incoherencias se dan sobre todo a través del paternalismo, su reproducción del machismo es a modo de supervisor amigo: te dignifica o te deslegitima desde su muy habitual posición de varón-espectador, sin darse cuenta de que esa actitud es radicalmente contraria al feminismo más elemental (lo del empoderamiento, la autonomía, hablar de igual a igual y esas cosas). Su complejo de superioridad inconsciente, aún cuando es buenista, sólo es comparable al del hipster que cree añadir valor con su mirada al gustarle un graffiti. Sé que el ejemplo es anecdótico pero, creedme, en el campo del debate sobre la igualdad de clase social o de etnia no logro hallar actitudes tan prepotentes, incoherentes y kamikazes.

las-gafas

Luego están los más directos, los que ni siquiera son capaces de detectar el discurso feminista con el que se tropiezan a lo largo de la vida. Es esta gente que por feminismo entiende hembrismo y por machismo entiende misoginia (cuando ésta es la máxima expresión del machismo, es decir, una parte de él). Y aquí podríamos citar casos muy conocidos para quienes su meta es el igualitarismo, evitando la palabra feminista en todo momento porque es algo que sobreentiende negativo. El igualitarismo es ese discurso que habla de igualdad de género sin contemplar la desigualdad de género de la que la mujer es víctima histórica como causa y eje central del debate. El igualitarismo tiende a centrarse en un discurso masculinizado del Mercado de Trabajo: igualdad salarial como condición para la emancipación de la mujer. Es decir, el igualitarismo cuestiona la consecuencia, jamás la causa: ¿por qué la mujer cobra menos que el hombre? ¿por qué el trabajo reproductivo no es remunerado? ¿por qué el hombre no se implica en el trabajo reproductivo? Estas cuestiones dentro de la óptica igualitarista no tienen relevancia alguna, incluso se consideran desviaciones del debate. Es como si la desigualdad de género no la perpetuaran las personas, sino un ente abstracto que hace que nuestras aspiraciones vitales, a la hora de ajustarse a la realidad, se metamorfosearan. El igualitarismo es muy peligroso porque en su senda de no cuestionar la causa de la desigualdad posibilita el discurso biologicista, legitima las desigualdades de género. Un igualitarista podría hablarte del “instinto maternal” y considerar que con ello está reconociendo el trabajo doméstico, se han dado casos. Es por esto que desde el igualitarismo se pide la custodia compartida, porque consideran que el hombre tiene el derecho a ejercer como padre en el momento en el que se divorcia, no el deber de ejercer como padre en el momento en el que pasa a serlo. El rol de padre cambia en función de la presencia o no de la madre, el rol de padre, por sí mismo, no le implica tareas de cuidados: es la condición de padre divorciado la que le hace ver los cuidados como algo a lo que tiene derecho (insisto en la importancia de que hablen de derecho y no de deber). Y es justamente este discurso el que posibilita que la madre reciba la mayoría de las custodias en casos de divorcio, porque en un divorcio con hijos se evalúa especialmente quién ha llevado a cabo las tareas de cuidados hasta ese momento, quién ha demostrado competencias.

Para quien no lo sepa, vivimos en un sistema heteropatriarcal en el que la mujer, especialmente si es madre, tiene el deber de hacerse cargo de la casa, a veces con ayuda del hombre, que es quien, por otra parte, aporta la mayor parte de los ingresos a la familia: este sistema está reflejado fielmente en la ley de divorcio. La ley de divorcio no beneficia a la mujer como mujer (más allá de que a una madre le guste quedarse con la custodia de sus hijos y de que a un padre le duela tenerlos poco), la ley de divorcio constata cuáles siguen siendo los roles de género a día de hoy: madre cuidadora y padre breadwinner. Roles que desde el igualitarismo no se cuestionan y desde el feminismo sí, qué casualidad.

Autor: Isabel Cruz

Link a enlace http://laprofesionvapordentro.wordpress.com/2013/04/27/yo-he-venido-a-aqui-a-hablar-de-feminismo/

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