La violencia sexual legitimada

Hablando de violencia sexual, de cómo estamos los seres humanos a estas alturas de la historia occidental, me pregunto si realmente somos tan “civilizados” porque están asumidos los derechos humanos de las mujeres, o nosotras todavía seguimos siendo objetos sexuales para muchos, susceptibles de ser usados, violados y destruidos por el “instinto sexual masculino”, y por lo tanto seguimos necesitando “protección”.

¿Y protección de quién?, de unas leyes interpretadas por jueces, la mayoría conservadores, que parten del supuesto de culpabilidad para la mujer por tener una identidad “provocadora”; y de la presunción de inocencia para el pobre hombre tentado, o en todo caso del atenuante para éste, de “sufrir” un deseo sexual incontrolado e incontrolable (animalitos…)

¿Os habéis preguntado por qué nunca se relaciona una violación con la necesidad del agresor de usar el Poder (de someter y humillar) como afrodisíaco para excitarse? Hay una razón lógica, porque no se quiere relacionar la agresividad sexual de los hombres con el problema social de la violencia contra las mujeres, sino con ciertas patologías individuales. Nos hacen buscar un perfil de violador con problemas de habilidades sociales para relacionarse normalmente con mujeres, con dificultades sexuales, con personalidad marginal, antisocial…, y caemos en el error de intentar distinguir a esos sujetos de la población “normal” para ponernos a salvo de ellos.

Pero el problema es que siempre que hablemos de violencia de género, estamos haciendo referencia a una violencia estructural de la sociedad, que se basa en una superioridad del hombre sobre la mujer, y que provoca y fomenta las relaciones de poder a todos los niveles, incluido el sexual. La punta del iceberg que provoca la alarma social se produce cuando hay un violador “suelto”, pero el resto del fenómeno de la violencia sexual queda camuflado para la gran mayoría de la población.

Por otra parte, tenemos normalizados todos los mensajes que nos llegan a través de los medios de comunicación sobre sexualidad, y con mucha frecuencia hay escenas ofensivas contra la dignidad sexual de la mujer que nadie ve, salvo ciertos sectores feministas que suelen ser acallados como radicales por la fuerza del mercado consumista.

El modelo imperante NO educa para fomentar las relaciones sexuales respetuosas, sino que potencia las relaciones de poder hasta el punto de ningunear los derechos y deseos de la persona abusada, que suele ser la mujer. Por ejemplo, dentro de una página de Internet que ofrece técnicas para ligar, se ha llegado a animar a los chicos a usar alguna droga para dormir a la chica deseada y así poder tener la ansiada relación sexual: lo importante es tener éxito, aunque sea doblegando la voluntad de la mujer.

Está claro que siempre vamos a intentar ver las situaciones aberrantes como excepciones alejadas de nosotras, pero echemos un vistazo a lo que ocurre dentro de los hogares familiares, para ver qué tipo de actitudes llegamos a soportar de la manera más habitual. Recordemos que hasta los años 80 el “débito conyugal” era legal en España, y hará falta mucho tiempo para que ese deber hacia el marido se borre del inconsciente colectivo.

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Lamentablemente estamos condicionadas por una ideología patriarcal que nos deja sitio en su mundo porque cubrimos unas necesidades a los hombres, y la demanda sexual es clave en todo este asunto.

Puede sonar muy fuerte, pero para muchos hombres seguimos dividiéndonos en mujeres de dos tipos: las putas sociales o prostitutas, y las putas privadas o esposas; y si te sales de la clasificación más te vale crearte una autoestima “a prueba de bombas”, porque ir por la vida sin alguna protección masculina te puede salir muy caro.

Es verdad que venimos de un modelo social que exigía a la mujer pureza y castidad hasta el matrimonio, y una vez casada, mantener la inocencia para dejarte enseñar lo imprescindible por tu marido para poder procrear, y aguantar con resignación la doble moral para los hombres, la cual les permitía realizar sus más morbosas fantasías con la ramera de turno, y así dejar intacta la moral de su señora.

A partir de mi experiencia como psicóloga de “Entre Nosotras”, observo que desde hace unos años éste modelo sólo sigue vigente en los sectores más conservadores de la población, pero la “revolución sexual” actual es que ya no hace falta pagar para tener una esclava sexual. Si la mujer es captada por el estereotipo femenino de moda, y compite para ser una verdadera “hembra” sexual y mantener el interés de su “hombre” a base de satisfacer todas sus fantasías, puede ahorrarle un pastón, y encima todo queda en casa. Aunque también se considera moderno tener sexo en grupo, con otras parejas, para demostrar que tienes superados todos tus complejos sexuales, y se obvian las motivaciones que pueden tener las mujeres para hacerlo, que en muchos casos se relacionan más con cumplir con el estereotipo mencionado de satisfacer a su pareja, que con un deseo nacido de su identidad individual.

¿Y cómo entramos las mujeres en este juego perverso? Creyéndonos el cuento de que para estar liberadas sexualmente tenemos que experimentar, dejarnos llevar por los deseos (¿los deseos de quién?), no poner límites a la fantasía…

Claro, todo esto suena muy bien, pero el problema es que nosotras hemos pasado de ser seres oficialmente asexuales (sólo teníamos capacidad maternal), a tener unos derechos sexuales por obligación, con lo cual siguen siendo deberes; y como no hemos aprendido a saber lo que nos da placer y a expresarlo, se presupone que coincide con los gustos de los hombres.

¿A que todas sabemos lo que les gusta realmente a los hombres? Estoy segura de que la mayoría de vosotras habéis coincidido en lo mismo: la PORNOGRAFÍA.

Popularmente se entiende por “porno” el sexo explícito; y así, parece que si no te agrada todo este mercado eres una estrecha que necesita desinhibirse. Pero nadie menciona los mensajes violentos implícitos que digieren las mujeres cada vez que interiorizan los valores que se manejan en este tipo de películas. LA MUJER es un objeto sobre el cual los consumidores de porno pueden plasmar sus deseos libidinosos; y si yo como mujer quiero excitarme a través de estos estímulos, tengo que asumirme en gran parte como un objeto al cual se puede incluso humillar.

Habrá gente que crea que las pelis porno son didácticas, pero lo único que hacen es vender sexualidad genital y falocéntrica, es decir, prácticas coherentes con el modelo tradicional, que gira en torno a la importancia de la masculinidad y de su representante simbólico por excelencia: el Pene.

Os pongo un ejemplo, hasta en la película más light hay varios rituales que se repiten siempre: una buena “mamada” a un pene de tamaño importante, y una “corrida” del hombre en la boca abierta de una mujer. Claro, que se va teniendo en cuenta la fisiología sexual femenina para incorporar escenas basadas en su placer, pero siempre como “un aperitivo” enmarcado dentro del plato principal: el placer y el orgasmo del hombre que pone fin a la historia.

Por desgracia, se está recurriendo alarmantemente a guiones con mucha violencia explícita para satisfacer la necesidad de estímulos cada vez más fuertes de los clientes, y eso implica que la brutalidad sexual contra las mujeres cada vez está más normalizada dentro del concepto de sexualidad.

Con todo lo anterior no quiero decir que si nos excitamos con la pornografía tengamos que sentirnos culpables o incoherentes, pero sí tener en cuenta lo que hay detrás, para no tener este modelo como único referente, y poder desarrollar otras vías alternativas más saludables basadas en el conocimiento de nuestro propio cuerpo erógeno, en nuestra propia imaginación y en el respeto a nosotras mismas a través de nuestra piel.

Hay muchas formas de microviolencia dentro de las relaciones sexuales en una pareja, y las hay porque forman parte de las Relaciones de Poder que se generan por la socialización desigual entre los dos géneros.

Se incluirían dentro de éstas el egoísmo sexual del hombre, que ignora las necesidades de la mujer y sólo acepta como legítimas sus preferencias personales (cuándo y cómo hacerlo), hasta el punto de culpabilizarla y rechazar cualquier opción alternativa a través de la crítica destructiva.

Otra forma de violencia que se suele confundir con pasión sexual, sería un estilo de comportamiento sexual compulsivo del hombre, que somete a su compañera a demandas sexuales unilaterales tan constantes que terminan por insensibilizarla, con el único objetivo de descargarse fisiológicamente.

Por otro lado, actualmente se le da tanta importancia a la sexualidad dentro de la pareja, que a veces la tomamos como barómetro de cómo va la relación, y esto puede llevar a mucha confusión. Por ejemplo, cuando el resto de las áreas no funcionan, e incluso cuando hay violencia de género, pero dentro de la sexual se crea un ambiente de intimidad y de tranquilidad que minimiza el malestar en el resto; y esto lleva a creer que la relación merece la pena.

En cualquier caso, la sexualidad es un terreno en el que las mujeres somos especialmente vulnerables, porque nos han educado para sentirnos valiosas a través de ser deseables y accesibles para los hombres, y por nuestra necesidad de aprobación externa masculina en todos los contextos de nuestras vidas.

Por lo tanto, es fundamental que tomemos conciencia de nuestros derechos sexuales, los ejerzamos y los cuidemos con esmero, sin renunciar a nuestra dignidad sexual, como parte de nuestra integridad e identidad personal.

Por Mercedes López Lucas

Link a enlace http://www.mujeresparalasalud.org/spip.php?article137

 

 

 

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