La violencia de género: la construcción de un marco feminista de interpretación (Parte IV)

La consolidación académica del marco feminista: los estudios de género.

De la reconstrucción que estamos realizando se desprende que los movimientos sociales abren un espacio especialmente idóneo para que se den las condiciones de la creación e innovación en el conocimiento. Las teorías pueden ser y de hecho son fruto de individualidades, las teóricas del movimiento -líderes epistemológicas-, pero desde la perspectiva cognitiva el conocimiento aparece como el resultado final de un intenso proceso colectivo de puesta en común de experiencias, ideas, pasiones, luchas y solidaridad. El conocimiento es el producto de continuas interacciones sociales, dentro de los movimientos, en general muy plurales y cambiantes y en continua polémica interna y externa, la que se genera dentro del movimiento y la que mantiene con sus oponentes (Eyerman y Jamison, 1991).

A partir de 1975 los enfoques teóricos feministas comenzaron a entrar en la universidad y a reivindicar el estatuto de conocimiento académico. Desde entonces de se ha producido el despegue y consolidación académica de los llamados estudios feministas, estudios de la mujer y, cada día más, estudios de género. Entre la nueva abundancia de estudios, proyectos, congresos, etc., algunas autoras han planteado los peligros que entraña el que parte de ellos son, en realidad, ciegos a la perspectiva feminista, con el consiguiente daño al marco de interpretación que aquí hemos reconstruido (Posada, 2001).

La crítica es acertada y tiene fundamento pero también es verdad que lo propio del conocimiento académico es la publicidad y transparencia con lo que los trabajos apresurados y oportunistas siempre pueden ser objeto de crítica y refutación. Por otro lado muchos de ellos si contribuyen a fundamentar y prestar aval científico y académico a la visión feminista de la violencia. Estos trabajos abarcan numerosas líneas de investigación. Las investigadoras poseen recursos vitales, como son los proyectos de investigación, para aplicar las técnicas que contribuyen a contrastar y verificar las teorías parciales que surgen de y reafirman el marco feminista de interpretación. A título de ejemplo y sin ánimo de exhaustividad exponemos a continuación algunas de sus ya reconocidas aportaciones.

En primer lugar están los trabajos que se han orientado a demostrar que no hay nada natural ni patológico en la violencia contra las mujeres. Por ejemplo acudiendo a la diferencia entre agresividad y violencia. Las personas agresivas lo son en cualquier momento, siempre pueden explotar. Los agresores de mujeres son a menudo personas muy bien consideradas en su entorno. Nadie sospecha de ellas puesto que no son personas agresivas. Sus estallidos de violencia no se producen con los superiores, ni con los fuertes, ni con sus pares, ni siquiera con todas las mujeres ¿qué tiene entonces esta violencia de natural, de genética? (Corsi,). En todo caso e independientemente de cómo sean las hormonas o las conexiones neuronales masculinas lo que sí ha sido reiteradamente demostrado es que el uso de la violencia se aprende y también se aprende a aceptarla. Myriam Miedzian en su libro Chicos son hombres serán realiza un exhaustivo estudio sobre los estrechos y profundos lazos que de forma aprendida unen masculinidad y violencia. Para no llegar a ser un “mariquita o una nenaza” el niño tiene que aprender el uso legítimo de la violencia. Para comprobarlo basta con acercarse a una juguetería, con cargar un videojuego de éxito. La violencia es un valor en la construcción de la mística de la masculinidad (Miedzian, 1995).

Otra serie de aportaciones son las que tratan de acotar la extensión, el alcance y la gravedad del fenómeno. Así lo están haciendo numerosas obras colectivas que desde una perspectiva multidisciplinar tratan de abarcar realidades aparentemente diversas pero que se van unificando -como en su día los movimientos terrestres y celestes bajo la newtoniana Ley de Gravedad- bajo el rótulo de violencia contra las mujeres y violencia de género (Osborne, 2001 y Bernárdez, 2001). Ahora bien, es verdad que la designación violencia de género es objeto de disputa y controversia. Tanto entre las propias feministas, que a veces consideran esta designación vacía de carga política, como por los intelectuales mediáticos, que sin haber abierto en su vida un libro de feminismo o “de género”, es decir, desde la ignorancia sobre el debate, critican con acidez el uso del concepto de género o bien por motivos lingüisticos o bien por formar parte de lo denostado “políticamente correcto” (Puleo, 2004). Por nuestra parte observamos más pros que contras en el rótulo unificador de violencia de género, y asumimos las tesis de Amorós cuando mantiene que una sociedad igualitaria no produciría la marca de género, por lo que el mismo concepto de género remite al de patriarcado, a que las relaciones entre los géneros son relaciones de poder (Amorós, 1997). Asimismo la argumentación de Puleo sobre cómo hablar de violencia de género implica pensar ambos sexos de manera relacional y abrir la puerta a una transformación liberadora.

Sin embargo, y siguiendo con el debatido tema de la adecuada conceptualización, siempre encontraremos obras, como la de Alberdi y Matas, titulada La violencia doméstica. Porque como explican las autoras en un apartado justamente dedicado a los problemas de acotación del objeto de estudio, el suyo se centra en este subconjunto de la violencia de género -los estudios empíricos rara vez pueden abordar “la violencia de género” en su totalidad y diversidad. La obra contiene un capítulo titulado “La violencia doméstica en cifras”. En el mismo podemos apreciar muchas de las dificultades con que se encuentra el cumplimiento del mandato de la Unión Europea de 1997 de “recoger, elaborar y publicar anualmente datos sobre la violencia contra las mujeres en cada uno de los países miembros”, mandato que a juicio de las autoras “se sigue sólo a medias”. Pero también encontraremos en este capítulo las referencias a las fuentes más importantes sobre el tema y a los más recientes cambios metodológicos en la recogida de datos (Alberdi y Matas, 2002).

Por último citaremos la línea de investigación encaminada a mostrar un aspecto de central importancia en el tema que nos ocupa: los testimonios directos de las personas, de las mujeres que han sido víctimas de la violencia. Estos testimonios, aparte de su propio valor intrínseco en un tema realmente tan desconocido -o lo que es peor, conocido sólo de forma superficial, cuando no frívola por la opinión pública-contribuyen a ilustrar y contrastar las aportaciones teóricas al tiempo que suministran nuevos datos para la reflexión. En su obra la obra La voz de las invisibles, Bosch y Ferrer persiguen el objetivo de cuestionar los mitos en torno al maltrato. Estos mitos, abordados con rigor y documentación científicos, suelen girar en torno a dos cuestiones básicas: 1) ¿por qué maltratan los hombres? y 2) ¿por qué aguantan las mujeres? Los que nombramos a continuación son algunos de los mitos sobre los hombres que maltratan a las mujeres: los hombres que maltratan a las mujeres han sufrido a su vez maltrato por parte de sus padres; los hombres que maltratan son enfermos mentales y alcohólicos en porcentajes muy altos de los casos; los malos tratos ocurren por los celos. De los mitos sobre la responsabilidad de las mujeres en aguantar la situación destaca el mito del masoquismo: si las mujeres no abandonan la relación, será quizás porque les gusta. Esta consideración individualista del problema ha ido siendo sustituida por nuevos modelos explicativos que desculpabilizan a las víctimas para situar en un punto central su miedo y sus intentos por sobrevivir a una situación de violencia estructural. En definitiva, La voz de las invisibles nos conduce a la conclusión de que el único rasgo común a los maltratadores es el alto nivel de misoginia. Las personas que consideran a sus cónyuges o parejas como iguales, por muchas discusiones, conflictos y desamores que vivan, no utilizarán la violencia contra las mismas. En palabra de Bosch y Ferrer: “el desprecio produce y justifica la violencia, el desprecio se alimenta de prejuicios y falsas creencias” (Bosch y Ferrer, 2002).

Con la referencia a algunas de las obras académicas publicadas en los últimos años hemos querido mostrar el lazo entre el movimiento feminista y los cambios epistemológicos y cómo el marco teórico desarrollado por las feministas de los sesenta queda contrastado en los trabajos académicos de las feministas de los dos mil.

 

A título de Conclusión: La difusión del marco de la violencia de género en el caso español.

La influencia de los movimientos en el cambio social también se ha definido como la creación de “un sentido común alternativo”. Así, el sentido común patriarcal caracterizado por la norma de la inferioridad y subordinación de las mujeres y la aceptación implícita de la violencia está siendo sustituido por una nueva visión en que la violencia patriarcal se hace visible e intolerable para la mayor parte de la sociedad. Este proceso no habría sido posible sin la creación de un marco alternativo, feminista de interpretación, pero tampoco sin la extraordinaria difusión que ha conocido el nuevo marco interpretativo en nuestro país. Así pues y aunque desborda los límites de nuestro trabajo tenemos que señalar que éste no quedaría completo sin hacer referencia a ésta historia que aún está por contar [4].

Historia de la que son protagonistas los movimientos feministas y asociaciones de mujeres en toda su diversidad, las Conferencias Internacionales y el feminismo institucional, las innumerables mujeres que desde sus puestos de trabajo se han convertido en agentes feministas y, finalmente, los medios de comunicación. La enorme difusión del marco en el caso español ha tenido como consecuencia que el nuevo gobierno socialista se comprometiera a que su primera Ley sería una Ley Integral contra la violencia de género, y así ha sido.

Por último apuntar la paradoja de que la mayor difusión y aceptación social del marco feminista y mayores grados de intolerancia ante la violencia pueden estar generando la confusa sensación de que éste es un problema mayor en nuestro país que en otros de nuestro entorno. No es esto, ni muchos menos lo que dicen los datos [5], aunque algunos países como Rusia o Rumanía ni los recogen, pero sí es cierto, y podemos dar cuenta a nivel personal de ello, que circula un machacón interrogante formulado tanto por colegas extranjeros como por estudiantes Erasmus ¿qué pasa en España con la violencia contra las mujeres? La conclusión que encierra nuestro trabajo no es, en general, la que esperan escuchar (algo sobre la pasión latina): pasa que nos estamos tomando la violencia en serio.

Ana de Miguel

Link a enlace http://www.mujeresenred.net/spip.php?article440

 

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