La violencia contra las mujeres en una sociedad en crisis (Parte III)

Diversidad en las exigencias de las mujeres

También la posición y procesos de las mujeres respecto a la violencia tienen una gran diversidad. La unanimidad y emotividad que suscita el lema: “Si agreden a una mujer nos agreden a todas”, y que tiene un fuerte arraigo entre las mujeres, es una muestra de la enorme proyección simbólica que tiene la violencia sexista. Con este grito se responde a una de sus funciones: atemorizar a todas las mujeres y convertirlas en potenciales víctimas por el hecho de disponer de un sexo biológico determinado, mediante la amenaza simbólica que representa para todas el agredir a una en particular (Vázquez, 2009). Obviamente no todas las mujeres viven esa amenaza de la misma forma, ni tan siquiera una misma mujer la vive igual en distintos momentos de su vida, y hay algunas que no se sienten amenazadas. Esto tiene que ver con infinidad de factores, entre otros, de su propia historia, sus vivencias, experiencias en las relaciones con los hombres, su seguridad y empoderamiento sobre su cuerpo y sus derechos, la existencia o no de redes de apoyo, su situación administrativa-legal, su edad… De ello depende su mayor o menor vulnerabilidad, su actitud y capacidad de respuesta. Es también lo que explica que las violencias llamadas de baja intensidad se perciban y vivan de forma muy diferente según los contextos y momentos en que se produzcan, y que las mujeres adopten distintas estrategias y formas de respuesta.

Esta diversidad se refleja en todas las manifestaciones de violencia sexista y no incorporarla como un aspecto central en las medidas que se proponen produce situaciones muy conflictivas y problemáticas para las mujeres. Un claro ejemplo está en el tratamiento que hace la Ley de Violencia de Género. Entre las críticas que muchas feministas hicimos a la ley está la de establecer la denuncia como condición y única vía de acceso a los recursos y servicios que, según establece, se tienen que ofertar a la mujer que ha sufrido maltrato por su pareja o ex pareja. Esto tiene varias implicaciones entre otras, y no menor, es la de judicializar todo el pro- ceso. Se uniformiza algo que no admite tratamiento uniformes porque la necesidad de respuestas variadas que demandan las mujeres es acorde con las distintas situaciones y procesos que viven. El resultado es que las mujeres que no quieren resolver su situación, o mejor dicho la de él, por la vía penal y no denuncian, por los motivos que cada cual considera pertinentes, no tienen acceso a ningún tipo de recurso público para enfrentarse a la situación de violencia en la que viven. Una situación que se va a agravar con la crisis, la falta de recursos, el cierre de centros de acogida, las dificultades para dejar de compartir la vivienda con el agresor y la exaltación de la familia como garante de proyección y apoyo mutuo. Una combinación explosiva para mujeres que sufren violencia sexista.

 

Evolución en la construcción de los sujetos

Llevar a la sociedad nuestras ideas y propuestas obliga a valorar los procesos y cambios que en ella se están produciendo. En este terreno, quiero hacer una breve reflexión sobre los cambios en la construcción de los procesos identitarios de la masculinidad y la feminidad, casi siempre contrapuestos y en todos los casos estrechamente relacionados. En términos clásicos, la masculinidad violenta responde a un determinado proceso de socialización, en el que valores como la fuerza y la agresividad se presentan asociados a la construcción de la identidad de los hombres, siempre en contraposición a la construcción de la feminidad ligada a valores como la intermediación y el cuidado como característica identitaria. Como señala Xavier Crettiez (Crettiez, 2008), la violencia tiene una dimensión específicamente identitaria, de modo que no hay que entenderla como una expresión de cólera sino como un medio de afirmar una identidad y, a la inversa, como un mecanismo eficaz para negar la identidad de quienes la sufren. La resistencia de los hombres para incorporar a sus vidas e ideas los cambios que las mujeres han introducido en la sociedad, su empoderamiento y el consiguiente cambio en los respectivos roles sociales, es bastante generalizada. El resultado es, sobre todo en determinadas capas y sectores sociales, un acentuado recurso a la violencia como reacción a lo que perciben y viven negativamente como pérdida de poder en todos los planos: doméstico, simbólico y social. Se trata de una respuesta o castigo frente al deterioro de su identidad, basada en una férrea jerarquía de poder que funcionó hasta que la mujer dijo basta e inició el proceso de cambios. De esa forma, con el uso de la violencia, y me refiero tanto al maltrato como a la violencia sexual, afirman una idea de masculinidad que sienten amenazada y/o un prestigio, entre sus iguales, maltrecho. Esta violencia “por reacción” informa además de un entorno social que lo consiente, cuando no lo aplaude o legitima, al identificarse los hombres, como grupo, con los esfuerzos de algunos para “poner las cosas en su sitio” y volver al estado inicial en sus relaciones con las mujeres, un estado que consideran el natural y por tanto que no debe cambiar. En cualquier caso es importante matizar que ésta puede ser una de las causas que explica, no la violencia en sí, sino su recrudecimiento en estos momentos en que se combina una contestación de las mujeres muy visible y las consecuencias de una crisis social profunda. Porque pensar en la violencia solo como reacción a la rebeldía de las mujeres, supone negar su existencia cuan- do estaba amparada en el silencio del hogar o en la vergüenza de quien había sido acosada o violada, cuando el feminismo todavía no había logrado convertir la violencia sexista en un tema político. Pero puesto que de señalar complejidades se trata, como plantea Nerea Aresti (Aresti, 2010), “hay que tener en cuenta que distintos ideales de virilidad coexisten en cada momento y lugar, y que las variables de clase, nacionales, étnicas y, muy especialmente de orientación sexual dibujan un complejo panorama en el que la diversidad se impone sobre cualquier concepción simplificadora de una masculinidad homogénea”.

De hecho afortunadamente hoy no son mayoría los hombres que siguen unos estereotipos tan fijos como cuando el feminismo empezó su andadura en la lucha contra las violencias sexistas a finales de los 70. Y la voluntad de grupos, aunque muy minoritarios, de hombres que cuestionan esos modelos de masculinidad, abre alguna puerta a la esperanza a que un cambio más profundo entre los hombres es posible.

Y va a hacer falta mucho más que esperanza para enfrentar esta crisis civilizatoria que amenaza con arrasar todo lo logrado, por frágil que fuera. El pensamiento neoliberal trata de imponer una resignificación de los valores, un cuestionamiento de los derechos, y legitimar la reprivatización de los conflictos a partir de llamamientos a la acción solidaria y a la refamiliarización. Pero la solución a esa violencia estructural, a tanta barbarie, es un cambio de paradigma social, económico, cultural y simbólico, es decir un cambio radical de sociedad. Somos muchas y muchos los que buscamos vías alternativas al paradigma capitalista y patriarcal, y hacemos una apuesta por una ciudadanía en la que valores como la convivencia, la solidaridad y el apoyo mutuo rijan lo que es la vida en común. Esto supone establecer unas relaciones entre todos, entre hombres y mujeres, donde la violencia sexista no tenga ni el más remoto lugar.

Por Justa Montero Corominas

Link a enlace

http://www.vientosur.info/articulosabiertos/VS121_J_Montero_ViolenciaGenero.pdf

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