Una apuesta necesaria para socializar el cuidado

“Los hombres forman parte de la sociedad y, por tanto, queremos darles la oportunidad de cuidar, desde el principio, en igualdad”. Una respuesta a Lidia Falcón

Frente a la mayor parte de las personas adultas sanas, existe un amplio conjunto de la población que necesita cuidados que sean provistos por terceras personas. De hecho, todas las personas, a lo largo de su vida, han necesitado y, probablemente, necesitarán dicho cuidado, sin ser capaz de proveérselo a sí mismas.

El cuidado de las personas es fundamental tanto para su bienestar individual como para el bienestar de la sociedad, de todos los hombres y mujeres que la conforman. Por tanto, socializar el cuidado, hacer partícipe de su provisión a toda la sociedad, es una apuesta lógica de compartir no sólo sus beneficios, sino también sus costes. No podemos olvidarnos que, como cualquier otra actividad, el cuidado requiere tiempo, además de otros recursos económicos.

Sin embargo, este cuidado no es asumido todavía ni por toda la población ni en la misma intensidad. ¿Permiten las leyes que esta situación se modifique? En el caso particular del cuidado infantil, no todas las personas legalmente responsables de las y los menores tienen las mismas posibilidades de cuidarles. Mientras que la mayor parte de las madres tienen derecho a un periodo de cuatro meses para iniciarse en dichas tareas, los padres apenas cuentan con dos semanas, en las que, además, esta actividad no es responsabilidad única suya. ¿Es esto justo? ¿Permite esta situación de partida asimétrica realmente “socializar el cuidado” o tiene como consecuencia “feminizar el cuidado”?

El sábado 30 de junio de 2012, la PPIINA volvió a abrir el debate sobre el diseño de los permisos para el cuidado infantil a través de las III Jornadas de Debate “Con su permiso” , así como planteó las posibilidades de transformar el diseño caduco, ineficiente, inequitativo, y patriarcal, de los permisos de maternidad y paternidad. Las reacciones no se han hecho esperar y, ante la puesta en escena de un conflicto dentro de la sociedad, en general, y del feminismo, en particular, un conflicto ya muy antiguo, aunque nunca caduco y no siempre explícito, es imprescindible, desde mi punto de vista, matizar algunas cuestiones de base.

Como activista de la PPIINA , agradezco a Lidia Falcón, feminista y socialista declarada, con mucha solera y experiencia, que se haya tomado la molestia de aportar sus puntos de vista en relación con el único objetivo de dicha plataforma que es conseguir permisos iguales, intransferibles y pagados al 100% de nacimiento y adopción. Y así, aprovecho la ocasión para concretar y matizar algunas cuestiones de su discurso que podrían llevar a confusiones o a una falta de acuerdo por usos del leguaje diferente, desconocimiento de los detalles, los objetivos o las consecuencias de nuestra propuesta.

En un claro intento de no distorsionar su discurso, he recogido entre comillas sus palabras, para no sacarlas de contexto. Sin embargo, debido a la amplitud del mismo, lo cual se agradece en estos tiempos en los que 140 caracteres no dejan explicar, o incluso explicitar, detenidamente algunos argumentos, y no queriendo plagiar su narrativa o alargar innecesariamente este documento, remito a su texto(1) a quienes leyendo este artículo, no hayan tenido la oportunidad de leer el suyo previamente.

El siguiente párrafo podría sintetizar su falta de visión sobre lo que supone la igualdad e intransferibilidad de los permisos, llamados hasta la fecha, de maternidad y paternidad, y que la reforma de ley propuesta por la PPIINA recoge como “permiso parental inicial” y “permiso para la crianza”.
Falcón sostiene en su escrito que: “Para la PIINA no se trata ya de colectivizar los servicios personales, que hoy prestan absolutamente mayoritariamente las mujeres dada la estructura económica de la sociedad, sino de intentar convencer a los hombres y a las empresas privadas para que los padres ayuden a las madres en el cuidado de los niños, con el fin de igualar las oportunidades de trabajo de las mujeres, que siguen, como siempre, siendo discriminadas.”

Son tres cuestiones fundamentales, además de otras menores, las que suponen una separación explícita de su planteamiento.

En primer lugar, la PPIINA no quiere convencer a nivel individual a nadie de cuidar o dejar de hacerlo. El objetivo es individualizar un permiso laboral, de carácter contributivo, de tal forma que se posibilite la modificación del comportamiento individual, a través de un cambio en la estructura legal y social. Es, precisamente, nuestro conocimiento del funcionamiento de las empresas privadas, el que nos lleva a demandar al Estado la necesidad de realmente “colectivizar los servicios personales”, en este caso concreto, la atención a las criaturas recién nacidas o llegadas a una familia, sea la familia del tipo que sea. No es, contra lo que afirma Lidia Falcón, una “reivindicación que gravaría enormemente los presupuestos empresariales”. Nuestro objetivo es individualizar un derecho laboral que no afecta a los presupuestos empresariales, sino a los de la Seguridad Social. Se trata de cambiar la distribución del gasto público, incluyendo explícitamente en el mismo lo que ya es explícito para las madres: las personas adultas que deciden ser progenitoras deben poder cuidar y tener el tiempo suficiente para hacerlo, aunque parte del coste de esa tarea se cubra de forma colectiva.

Los permisos tal como están concebidos actualmente colectivizan el cuidado infantil sólo dentro de grupo de mujeres, sin afectar ni incorporar a los hombres, o haciéndolo, en todo caso, en mucha menor proporción. La sociedad colectiviza la inversión, o gasto según algunas perspectivas, en cuidado infantil a través de la remuneración de ese tiempo de cuidado, pero no incluye a los hombres en esa tarea.

Otra cuestión es que ni el cuidado, en general, ni el infantil, en particular, termina al final del permiso, ni, tampoco, la colectivización del mismo. De nuevo, coincido personalmente, y me consta que muchas personas de la PPIINA también, aunque esto no constituya el objeto de esta plataforma de reivindicación única, con la necesidad de que “el feminismo no puede abandonar sus más caras reivindicaciones y ese calificativo tiene dos significados, el de queridas y el de caras económicamente hablando, puesto que las inversiones que debería hacer un Estado para proporcionar a las familias los jardines de infancia, los geriátricos, las escuelas, (…), los comedores populares, los transportes adecuados y cubrir todas las necesidades de los seres humanos que vivan en compañía, tengan o no hijos, sean o no ancianos, solteros o en pareja, etc.”. Con una matización: la PPIINA se centra en los permisos porque esas necesidades no son tan caras, en el sentido de costosas, son asequibles, factibles y posibles, y además, son planteadas, una y otra vez, de tal forma que nadie pueda decir que “ninguno se lo ha planteado nunca”.
Así, los permisos son una pieza básica de un sistema, pero como en todo sistema, si algo cambia, el conjunto tiene que adaptarse para que el sistema sobreviva. Creemos que los permisos se deben articular dentro de una política coherente, en el que los cuidados infantiles dentro del núcleo de convivencia, no sólo durante el permiso parental o de crianza, sino también durante el resto de la vida, sean compatibles con el cuidado en centros infantiles y educativos. Es decir, es necesario que las empresas tengan horarios laborables que posibiliten la opción de cuidar a todas las personas, puesto que el bienestar humano depende, entre otras cosas, del cuidado y, sólo si todas las personas que emplean tienen la posibilidad de hacerlo, las empresas deberán adaptarse. Sin embargo, todas estas consecuencias, son probables, pero no se encuentran en nuestro objetivo común.

El segundo punto crítico y fundamental de nuestra discrepancia ataca a las causas del mantenimiento de una sociedad en la que el cuidado no se reparte ni colectiva ni equitativamente. Para Lidia Falcón es “la estructura económica de la sociedad” la responsable de que los servicios personales sean prestados mayoritariamente por las mujeres. No obstante, pese a que ni la sociedad ni la estructura económica facilitan una distribución equitativa de las tareas de cuidado, son las estructuras legal y política las que apuntalan la distribución real, que es asimétrica, de estas tareas. No importa el deseo que las empresas, las personas o la sociedad en su conjunto tengan sobre cómo repartir el cuidado infantil. La realidad legal impide el cambio general de conducta, más allá de las amplias consecuencias negativas en términos de eficiencia y equidad que esto tiene para la estructura productiva y económica de la sociedad en general, y de nuestro país, en particular.

En tercer lugar, surge una disidencia amplia con la concepción de las responsabilidades en el cuidado. Según Lidia Falcón, La PPIINA trata de “convencer a los hombres y a las empresas privadas para que los padres ayuden a las madres en el cuidado de los niños”. No obstante, nada más lejos de nuestro planteamiento, en el que no son los padres quienes tienen que ayudar a las madres en el cuidado de las criaturas, sino que son todas las personas adultas quienes tienen la responsabilidad de cuidar a aquellas personas menores de edad que han decidido adoptar, acoger o traer al mundo. Por tanto, el punto de vista de la PPIINA es que todas las personas adultas deben tener el derecho de disponer de tiempo para el aprendizaje y el cuidado infantil, es decir, de ser cuidadoras, sin que esto restrinja su derecho a los recursos económicos necesarios para garantizar el bienestar material, es decir, ser sustentadoras. Se trata de no crear incentivos asimétricos para hombres y mujeres en estas dos esferas, de tal forma que se reduzca la discriminación laboral, que tanto preocupa a la PPIINA y a Lidia Falcón, sin menoscabo de garantizar el bienestar infantil.

Porque, pese a que suele haber confusión entre cuidado y tareas del hogar, y muy posiblemente, cuando ella habla de “trabajo doméstico”, se esté refiriendo a ambas cuestiones, la reivindicación de la PPIINA no minusvalora el bienestar de unas pocas personas como son las niñas y los niños. No nos olvidemos que son la sociedad futura. Su primera escuela es el núcleo de convivencia más cercano, en el que sólo si aprenden y vivencian modelos de personas adultas sustentadoras y cuidadoras, independientemente de su sexo, incorporarán esa posibilidad de forma real a su socialización y aprendizaje. Cuando una criatura tiene menos de un año, su interrelación con el entorno es escasa y es a través de las figuras de apego, aquellas que les cuidan, de las que incorporan el mundo, las posibilidades de crear una identidad que no esté sesgada por los roles tradicionales de género, y las relaciones posibles. Así, aunque personalmente estoy totalmente de acuerdo en que el trabajo doméstico es “rutinario, repetitivo”, disiento en sus consecuencias. El trabajo doméstico y el de cuidado, concretamente, tienen consecuencias muy significativas y su productividad no es minúscula, sino mayúscula, al contrario de lo que sostiene la autora. El bienestar físico y psicológico de las criaturas se verá afectado por cómo sea el cuidado recibido y por quién lo provea, no sólo en el momento presente, sino a lo largo de toda su vida.

Por último, cabe indicar, además, la falta de entendimiento o, quizá, mal entendimiento de la propuesta de la PPIINA. Es precisamente la concepción de la familia como una realidad variable y no como una “familia nuclear, que mantiene tantos rasgos patriarcales” la que nos lleva a considerar que es fundamental un permiso individual, cuyo objetivo sea el cuidado, y no esté vinculado al sexo de la persona beneficiaria. El patriarcado se sustenta en la división sexual del trabajo y la legislación actual incorpora esta división en la legislación laboral.

Desde la PPIINA no creemos que sea “tan minúscula y elemental esta reivindicación”, ya que ataca al corazón mismo de la naturalización de las mujeres como cuidadoras y de los hombres como meros sustentadores. ¿No es acaso esta reivindicación crucial?

Lidia Falcón sostiene que es “importante recordar la situación laboral de los hombres, sobre todo en el momento actual de explotación exacerbada de los empleados, con la excusa de la crisis. Ninguno de los empleados medios ni mucho menos los obreros, puede plantearse renunciar durante seis meses a los emolumentos complementarios que pueden cobrar en su actividad laboral y que perderán durante el periodo de vacancia.” Pese a cierta verdad en dicha afirmación, sostengo que tampoco podemos olvidar la situación laboral de las mujeres, sobre todo en el momento actual de explotación exacerbada de las empleadas, de las paradas y de las inactivas, con la excusa de la crisis. Ninguna de ellas, y mucho menos aquellas con salarios reducidos, la mayoría sin emolumentos complementarios, o aquellas sin salarios – a causa de ser consideradas las responsables del cuidado, como lo son para Lidia Falcón, en lugar de co – responsables del cuidado como lo son para la PPIINA – pueden plantearse ser discriminadas y peor retribuidas. En demasiados casos, las mujeres todavía sucumben a la estructura patriarcal en el que el cuidado es considerado responsabilidad de ellas(2), no sólo desde el pensamiento y la emoción, sino desde los incentivos públicos, las leyes y las políticas.

Existen muchos flecos en el discurso de Lidia Falcón que no se sostienen ni dentro del debate feminista ni socialista. La socialización del trabajo doméstico pasa por la incorporación de los hombres al cuidado, dentro y fuera de la familia. ¿O es que los hombres no son parte de la sociedad? La PPIINA quiere esta socialización del cuidado y la quiere desde la raíz, desde las políticas públicas y la legislación. ¿Acaso las mujeres que cobran emolumentos no los “perderán durante el periodo de vacancia”? La autora de sobra conoce que existen muchas mujeres que cuidan y sustentan a sus criaturas sin otro progenitor, las familias mono parentales, o que existen núcleos de convivencia con dos sustentadores y condiciones laborales precarias que necesitan igualmente todos los ingresos posibles para garantizar el bienestar económico. Además, ninguna empleada media, y mucho menos las empleadas precarias que existen en España, puede renunciar “durante seis meses a los emolumentos”. O bien renuncia cuatro meses, la duración del permiso de maternidad (que con el permiso de lactancia podría llegar hasta cinco meses, dependiendo del convenio colectivo), a esa posible remuneración extra y se incorpora a trabajar, como hacen la mayoría de las madres trabajadoras, o bien renuncia a todo salario laboral y se dedica en exclusiva al cuidado, con las nefastas consecuencias en términos de dependencia económica, y todas las secuelas que se le asocian, que ya ampliamente conocemos.

¿Cómo es posible que desde el Estado, que debiera asegurar, no sólo por mandato constitucional sino también por justicia social, ética y democracia, el bienestar infantil, y el derecho de todas las personas a ser iguales ante la ley, no se actúe en contra de esta ley que discrimina por sexo? Pero sobre todo, ¿cómo es posible que desde algunas partes del movimiento feminista, siempre a la cabeza de la defensa de la igualdad ante la ley y del avance social, no se reconozcan los efectos de esta clamorosa desigualdad legal?

En cualquier caso, aprovecho para agradecer y felicitar a todas las personas que hacen posible el debate. Es precisamente el pensamiento colectivo el que más ha hecho avanzar nuestra sociedad y, desde luego, la PPIINA está abierta al debate, a la discusión en profundidad y, sobre todo, a la apuesta por la acción política conjunta. Los partidos políticos, en mayor o menor medida, nos representan en las instituciones, ¿quizá su apoyo – que más bien considero incipiente y minoritario- se debe a que la sociedad ya está preparada y apuesta por el cambio, por una sociedad en la que hombres y mujeres puedan ser personas sustentadoras y cuidadoras en igualdad? Lidia, te invitamos cordialmente a replantearte estos argumentos y a sumarte a nuestra reivindicación y, si no lo consideras oportuno, a continuar con el debate que tanto nos enriquece y nos permite progresar.

Madrid, 9 de julio de 2012.

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NOTAS:

(1) LIDIA FALCÓN “SOCIALIZAR EL TRABAJO DOMÉSTICO”, Mojácar, 4 de julio 2012

(2) Cuando Lidia Falcón habla de “aligerar a la madre de sus Responsabilidades”, como feminista y socialista, ¿entiendo que es un recurso estilístico no mencionar al padre, al otro progenitor si existiera, sea cual sea su sexo, o a otras muchas mujeres que también pueden ser responsables del cuidado, para hacer patente que la responsabilidad de facto y la ejecución de las tareas las realiza mayoritariamente la madre? O quizá, pese a su formación y experiencia, es un lapsus lingue… ¿Es que todos los progenitores no son acaso igualmente responsables del bienestar infantil, en particular del de aquellos niños y niñas de los que son legalmente representantes?

Por Cristina Castellanos Serrano

 

Link a enlace

http://singenerodedudas.com/colaboraciones/1503/una-apuesta-necesaria-para-socializar-el-cuidado

 

 

 

 

 

 

 

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