La lucha contra la violencia de género, una lucha de todos

Según el apéndice a la Recomendación del Comité de ministros y ministras del Consejo de Europa a los Estados miembros sobre la protección de la mujer contra la violencia, el término “violencia contra la mujer” ha de entenderse como “cualquier acto violento por razón del sexo que resulta, o podría resultar, en daño físico, sexual o psicológico o en el sufrimiento de la mujer, incluyendo las amenazas de realizar tales actos, coacción o la privación arbitraria de libertad, produciéndose estos en la vida pública o privada”. Esto comprende, aunque no se limita, a lo siguiente:

a) Violencia que se produce en la familia o la unidad doméstica, incluyendo entre otros, la agresión física y mental, el abuso emocional y psicológico, la violación y abusos sexuales, incesto, violación entre cónyuges, compañeros ocasionales o estables y personas con las que conviven, crímenes perpetrados en nombre del honor, mutilación genital y sexual femenina y otras prácticas tradicionales perjudiciales para la mujer, como son los matrimonios forzados.

b) Violencia que se produce dentro de la comunidad general, incluyendo, entre otros, la violación, abusos sexuales, acoso sexual e intimidación en el trabajo, en las instituciones o cualquier otro lugar, el tráfico ilegal de mujeres con fines de explotación sexual y explotación económica y el turismo sexual.

c) Violencia perpetrada o tolerada por el Estado o sus oficiales.

d) Violación de los derechos humanos de las mujeres en circunstancias de conflicto armado, en particular la toma de rehenes, desplazamiento forzado, violación sistemática, esclavitud sexual, embarazos forzados y el tráfico con fines de explotación sexual y explotación económica.

Esta definición desarrolla y amplía la que había establecido la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1993 en su “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer”, el primer instrumento internacional de derechos humanos que aborda de forma integral esta violencia, a la que define como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”. E incluye “la violencia física, sexual y psicológica en la familia, incluidos los golpes, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital y otras prácticas tradicionales que atentan contra la mujer, la violencia ejercida por personas distintas del marido y la violencia relacionada con la explotación; la violencia física, sexual y psicológica al nivel de la comunidad en general, incluidas las violaciones, los abusos sexuales, el hostigamiento y la intimidación sexual en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros ámbitos, el tráfico de mujeres y la prostitución forzada; y la violencia física, sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra”.

Por tanto, existen diferentes formas y tipos de violencia contra las mujeres; no obstante, todas tienen en común que son una manifestación de la situación estructural de desigualdad y subordinación en que se encuentran las mujeres en nuestra sociedad.

La dinámica del maltrato: El ciclo de la violencia

Son varios los elementos que definen y caracterizan el maltrato: la desigualdad entre los sexos, la invisibilidad social, la naturalización del fenómeno, la “licencia” o “permiso” para “corregir” a la mujer, el sentimiento de culpa de la mujer maltratada por consentir y tolerar los malos tratos y la sensación de inevitabilidad de los malos tratos (la imposibilidad de solucionar el problema y de escapar de esa situación). Es precisamente esta situación de desigualdad y de invisibilidad social es la que debemos de recordar en un día como el 8 de Marzo, que es el Día Internacional de la Mujer. Eliminar esta desigualdad es uno de los objetivos más importantes para conseguir que esa igualdad que muchas veces se queda en el plano de lo lingüístico, sea real.

El ciclo de la violencia está compuesto por tres fases que aparecen dentro de la dinámica del maltrato:

  • Fase de      tensión creciente: Las tensiones se manifiestan de forma específica      como determinadas conductas de agresión verbal o física de carácter leve y      aisladas, a partir de pequeños incidentes. La mujer va adquiriendo      mecanismos de autodefensa psicológicos de anticipación o evitación de la      agresión.
  • Fase de      agresión aguda: La      explosión y la agresión se caracteriza por una fuerte descarga de las      tensiones que el maltratador ha ido provocando durante la primera fase. El      agresor pasa a la acción. La mayoría de las mujeres no buscan ayuda      inmediatamente después del ataque, a menos que hayan sufrido importantes      lesiones que requieran asistencia médica. A continuación, se produce una      “transferencia de la culpabilidad”. El agresor ha conseguido que ella se      perciba y sienta responsable del comportamiento violento de él.
  • Fase de      calma, amabilidad y afecto, arrepentimiento o luna de miel: Se caracteriza por una situación      de extrema amabilidad y conductas “cariñosas” por parte del agresor. El      agresor muestra su arrepentimiento y realiza promesas de no volver a      llevar a cabo algo similar. Ella se convierte en la responsable de las      consecuencias de dicha agresión al romper la relación y, en su caso, la      familia si no lo perdona.

Con el paso del tiempo la fase de luna de miel se va haciendo más breve y las agresiones son cada vez más graves y frecuentes, lo que disminuye los recursos psicológicos de las mujeres para salir de la espiral de la violencia. El temor y la incertidumbre que acompañan a la mujer que sufre una violencia repetida e intermitente producen un “daño psicológico”, caracterizado por un estado disociativo que lleva a la víctima a negar, justificar, minimizar y racionalizar el comportamiento del agresor, ignorando así sus propias necesidades y su bienestar y volviéndose hipervigilante a fin de satisfacer las demandas de su agresor.

Romper este ciclo no sólo es responsabilidad de la mujer víctima de la violencia, es responsabilidad de todos. Tanto desde las instituciones como desde nuestro papel como ciudadanos debemos concienciarnos de que este problema es un problema de todos. La lucha por la igualdad de la mujer es necesaria para acabar con un fenómeno que acaba con una gran cantidad de vidas cada año.

Beatriz Sarrión Soro

Link a enlace

http://medicablogs.diariomedico.com/reflepsiones/2010/03/08/la-lucha-contra-la-violencia-de-genero-una-lucha-de-todos/

 

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